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De aquella Caracas del siglo XX

Actualizado: 8 de jun de 2020


Teatro Radio City, una joya casi perdida

Los venezolanos siempre fuimos asiduos al cine desde que este llego a nuestro país, pero estoy seguro que es inimaginable para las nuevas generaciones, lo que ir al cine significaba en aquella Caracas de mediados del siglo XX, y con solo imaginar lo que era asistir a este teatro que era como se le llamaba a las salas de cine por aquellos días, tendrán una visión de todo comportamiento social y mundano de la convivencia venezolana.


La primera impresión del teatro Radio City recuerda el Art Deco, pero un rápido análisis

muestra una fachada más bien pseudomodernista con elementos propios de la primera mitad de la década de los 50.


Inaugurado el 15 de abril de 1953 en el nuevo centro comercial que comenzaba a gestarse en Caracas, en la cuadra que marca casi el inicio de Sabana Grande cruce con la avenida Las Acacias, esta singular sala de cine no pasa desapercibida.


Un elemento de aerodinámica arquitectura acentúa su extravagancia, con un techo sobresaliente encima de la marquesina coronado por una extraña águila con las alas extendidas, y la figura de una misteriosa mujer con lanza vencedora que vigila a los peatones del bulevar.


No hay que tener mucha imaginación para darse cuenta que al entrar a esta sala de cine la construcción era un homenaje, guardando las dimensiones, al archifamoso Radio City Music Hall de la Gran Manzana. Solo faltaban “Las Rockettes”.


El techo abovedado simula o simulaba un ensamblaje de láminas de zinc y en el proscenio dos esbeltas sirenas daban la bienvenida a los cinéfilos. En esa misma edificación funcionó un salón de billar, donde se presentaron escenas de todo tipo.


Este hermoso teatro mutó a centro de apuestas hípicas y luego servicio de seguridad del estado, por lo que no se tiene acceso y no puedo dar fe de su conservación y respeto a las formas originales.


Todavía se conserva el piso original de granito del hall de entrada, donde dos extravagantes taquillas en cornucopia de aluminio vomitaban los tickets que solicitaban los espectadores,

previo a una marcación que realizaba una señora taquillera, porque casi siempre eran mujeres las que se encargaban de esta venta y caballeros los que “picaban” las entradas.

El piso del foyer del teatro era de pedazos de mármol negro veteado en blanco, verde y colores tierra, bellamente pulidos. El techo iluminado al mejor estilo Art Deco daba la sensación de ambiente cálido que invitaba a pasar a la sala, la única de Caracas que tenía la particularidad de poseer un standing room, especie de pasadizo a todo lo ancho con grandes ventanales de vidrio, que hacía de antesala.


Y la gerencia del teatro Radio City ofrecía un aditamento cultural con la presencia de la pianista Paquita, quien amenizaba con hermosas melodías, mientras se colocaban los espectadores en sus respectivos asientos o compraban golosinas. Paquita era una señora muy particular, de nombre Frances Monge Bartle, de madre española y padre inglés.

Tuvo una vida intensa que le dio mundanidad y muchos oficios. Era una elegante secretaria bilingüe, sabía de alta costura, cocinaba como experto chef, profesora de música, practicaba deportes y para ganarse unos realitos extras, le divertía tocar el piano y el órgano.



Así, los asiduos al teatro Radio City escuchaban clásicos norteamericanos como Cheak to cheak, obras de Cole Porter, Irving Berlin o musicales al estilo My Fair Lady, canciones de moda italianas y españolas, pasodobles, tangos y sambas entre un largo repertorio. El tiempo de espera antes de comenzar la película era muy entretenido.

Por cierto, este emblemático teatro se inauguró con la película Mesalina, la mujer más perversa en toda la historia del mundo, protagonizada por la controversial actriz mexicana María Félix, “La Doña”.


Pero más perverso que Mesalina fue el destino que le esperaba a Sabana Grande.



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