Buscar

El Gran Café de Sabana Grande, nido de la vanguardia caraqueña

Actualizado: jun 8


En un magnifico artículo de Alberto Veloz encontramos esta crónica maravillosa sobre lo que representaba aquel lugar icónico en la Caracas que bien llamaban sus habitantes la sucursal del cielo, en el, se dibujaba la cotidianidad del espíritu de aquel país maravilloso, de aquella Venezuela pujante y llena de futuro, por tal razón lo reproducimos tal cual y como el propio Alberto Veloz lo describe.


Lugar obligado de encuentros de todo tipo, corazón de la vida bohemia caraqueña, terraza panorámica para “ver -a todo el mundo- y dejarse ver”, peña literaria, improvisada oficina al aire libre, encuentro de intelectuales y de los que no lo eran, espacio para citas non santas, rincón de desempleados, una de las sedes de la República del Este, todo eso y lo que la fértil imaginación del lector pueda abarcar, era la vida que ofrecía a sus habituales y eternos contertulios el siempre recordado Gran Café de Sabana Grande y su hermano el Piccolo Café, que estaba a escasos 50 metros, en la entrada de las Galerías Bolívar

A mediados de la década de los 50 del siglo pasado comenzó la construcción de la oficialmente llamada avenida Abraham Lincoln, que todos conocen con el rimbombante nombre de Calle Real de Sabana Grande, apelativo que data desde 1743 ya que era el camino que unía la antigua Santiago de León con las grandes haciendas del este del valle de Caracas, pero esto es historia que se consigue en libros.


Lo que nos interesa son las vivencias personales y el ambiente despreocupado y desprejuiciado pero intelectual de avant garde y mundano que se gestó en sus espacios, en concreto en el área de una las más amplias aceras de la ciudad que le hacía la competencia a la avenida Victoria y que a pesar de los embates destructores y salvando las distancias, todavía son el asiento de Le Grand Café -nombre original- y el Piccolo Café.


“Nos vemos en Sabana Grande…” era más que suficiente para saber que el encuentro furtivo, la cita de negocios o sentarse a componer y recomponer el mundo y sus políticas, era en ese trozo de acera mundana o en el de al lado y no menos famoso Piccolo Café, donde tomarse una taza de la legendaria y arábiga infusión era toda una experiencia,

por lo bien preparado, al gusto exacto del vicioso cafetero y acompañado de tertulias interminables con gente de todas la condiciones culturales, de indumentarias y variadas especificidades.


El aromático café se acompañaba de algún sánduche, especialmente recuerdo los Club House y las merengadas con crema. Luego aparecieron los batidos de frutas. Pocos clientes pedían dulces porque al frente estaba el Bar B.Q. cuya nomenclatura remataba en pequeñas letras de neón rojo la palabra Chicken. Nunca probé el pollo, pero lo que sí comí fueron las tortas sacher y selva negra. Eran las mejores tortas y pasteles de tradición auténticamente austríaca que se conocieron en Caracas. Igual sucedía con las pizzas. A nadie se le ocurría pedir una margherita o nápoli en el Gran Café si a pocos pasos estaba la mejor pizzería del momento: la Pizzería Royal, en la entrada del Callejón de “las Siete Puñaladas” o “Callejón del Pecado”.


La discriminación y el apartheid no existían en Sabana Grande

Una verdadera delicia era observar el mar de mesitas con sus sillas de aluminio con asiento y respaldar de malla plástica entrelazada que se diferenciaban por los colores para cada sector de la amplísima terraza, con el clima más perfecto del mundo y plena de conspicuos personajes, no tanto por ser ilustres, que algunos sí lo eran, sino porque sobresalían del resto de los paseantes, normalitos y corrientes.


Y es que la fauna humana que se sentaba en el café variaba a medida que pasaban las horas. En las mañanas, algún abogado apremiado apuraba un cafecito; al lado señoras que iban de compras por las innumerables y elegantes tiendas de la zona; oficinistas y dependientes de comercios vecinos y sempiterno trasnochado que no alcanzó a llegar a su casa después de una larga noche de bar en bar.


Al mediodía llegaban los primeros clientes fijos que pedían un vermouth o un Campari al mejor estilo del aperitivo milanés o un whisky para no perder la costumbre vernácula y prepararse para el larguísimo almuerzo. También se hacían presente hacia la 1:00 de la tarde los primeros poetas, periodistas e intelectuales de la República del Este, casi todos

con caras y cuerpo de resaca que, si ésta era fuerte y dolorosa, pedían un Bloody Mary o un Bullshot.


De inmediato se trasladaban a las sedes oficiales en el famoso “Triángulo de las Bermudas” de la vecina avenida Solano: Al Vecchio Molino, Franco´s y el Camilo´s. En las tardes del Gran Café aparecían familias con niños para saborear algún helado que jamás podían competir con los exquisitos de la cercana heladería Castellino y, en la noche, casi con rigurosidad suiza, se dejaba ver la mejor mescolanza de contertulios donde pululaban todos y todas, con una algarabía continuada, que recuerda el título de la novela de Fausto Masó, Sabana Grande era una fiesta.


Ya que menciono la República del Este, no puedo dejar de citar algunos nombres de los selectos miembros de esta nación enemiga del Palacio de Miraflores de aquel entonces. Recuerdo a personajes como Caupolicán Ovalles, Francisco Massiani, Pastor Heydra, William Niño, Oswaldo Trejo, Adriano González León, Luis Pastori, Manuel Alfredo Rodríguez, Manuel Caballero. De las pocas mujeres a la periodista y crítico de arte Miyó Vestrini, entre muchos otros republicanos. También aterrizaron por esos predios figuras como José Luis Rodríguez y Orlando Urdaneta.



Si de nombres se trata, otros famosos se sentaron en las mesitas del Gran Café como el Premio Nobel Gabriel García Márquez, el escritor argentino Julio Cortázar, el diseñador de alta costura Christian Dior o el presidente Juan Domingo Perón. Un muy curioso personaje fue el primer propietario del Gran Café, me refiero al expresidiario Henri Charriere, mejor conocido como Papillón por su rocambolesca novela autobiográfica luego vertida al cine con Steve McQueen en el rol del prófugo de Cayena, acompañado de Dustin Hoffman y que aparece en esta foto de la época.


A finales de los 60 y bien entrada la década de los 80, tres grupos importados y perfectamente diferenciados, hicieron su aparición en la zona: Los Hare Krishna con sus cánticos, sahumerios, batolas anaranjadas y pelo al rape quienes sonaban los crótalos monótonamente a la par que pedían de forma educada una colaboración e invitaban para el siguiente domingo a un almuerzo vegetariano en sus lugares de culto. Estos remedos de monjes hinduistas jamás se sentaron en las terrazas.


Quienes sí tomaron sillas, mesas y manteles a mediados de los 70 fue el grupo de argentinos quienes venían con tradición de terrazas del verano porteño y tuvieron que recalar en Sabana Grande por las feroces dictaduras del Sur. Por lo tanto, se convirtieron en refugiados políticos, algunos muy cultos, otros chulapones pero siempre engreídos y los menos se quedaron a vivir en este exótico país lleno de trópico

Una verdadera invasión fue la de los gitanos. Mientras los hombres fumaban sin parar y tomaban un solo y único café negro durante toda la tarde-noche, sus mujeres vendían mercancías variadas, especialmente manteles y los niños deambulaban solitos por todo el bulevar.


Los gitanos, sin excepción de sexos, vestían de riguroso negro. Ellos con pelo engominado, camisas muy abiertas para lucir las gruesas cadenas de oro y ellas con impresionantes ojazos negros, zapatos destalonados y un tanto desaliñadas.



El cruising, ligue o «levante» estaba asegurado en las mesas del Gran Café. Había para todas las combinaciones y gustos posibles de dos en adelante, y con alternativas cercanas de baños, bares y restaurantes para continuar el “feliz” encuentro, que podía terminar en algunos de los alojamientos, de muy dudosa reputación de la archiconocida calle de los hoteles o Acacias Sur, y si había más dinero en algunos de más categoría de la Casanova o Francisco Solano, que se convertían en escenarios protagonistas porque hacían recordar la célebre película argentina de Daniel Tinayre, La cigarra no es un bicho (1963).

El término inseguridad existía, pero no se practicaba mucho.


Su ubicación equidistante entre el centro y el este de la ciudad lo hacía el lugar de encuentro para gente de todas las condiciones sociales: económicas, políticas, culturales, donde cabían escritores de gran valía y los emergentes. Ministros de turno sin guardaespaldas. Poetas de lustre. Periodistas de alto vuelo. Artistas reconocidos y de cabaret como la famosa y estilizada Madame de ébano que se sentaba todas las tardes en la misma mesa con su pinta de “retirada” y de haber gozado la vida. Músicos que se empeñaban en amenizar con clásicos boleros y rancheras harto conocidas. Borrachitos consuetudinarios y fastidiosos.



Pintores de toda talla donde sobresalió por su calidad plástica Pascual Navarro, versión tropicalizada de Dalí, con excéntricos trajes e innumerables sortijas, una en cada dedo, que lo hacían parecer un hippie con su hirsuta barba y sienes plateadas. Cientos de tardes, sentado frente a su caballete, pasaba largas horas pintando. En su justo honor y como un homenaje, la ciudad designó la calle oeste del Gran Café con el nombre de: Calle Pascual Navarro.


Era tal la atracción de estar en una de las mesitas del Gran Café, que a pesar de no existir en la mente de los planificadores urbanos la palabra metro, subte, subway o tube, una pléyade de personajes y personajillos venidos de todos los rincones de la ciudad, hicieron de este emplazamiento su lugar de reunión y encuentro para ser vistos al lado de algún famoso o famosa, según fuese el caso y los gustos. Lástima para ellos que no existía el selfie.


Patrocinado por Schmidt Clothing Compre ahora en Schmidt Clothing




5 vistas
 
  • LinkedIn

©2020 por VenezuelaenHouston.info