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El lenguaje del abanico


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Aunque actualmente es un elemento cuyo uso se considera fuera de época, seguramente muy pocas madres de hoy, y menos aún las más jóvenes, guardan en su memoria la imagen de ver a las suyas con uno en las manos, caso contrario ocurre con la generación nuestra, la de los ya abuelos, que si tenemos esos recuerdos de ver a nuestras abuelas y madres con un abanico entre las manos.


El abanico, además de convertirse en un elemento indispensable en la indumentaria de una época, se constituyó en un instrumento de comunicación ideal en un momento en el que la libertad de expresión de las mujeres estaba totalmente restringida. El abanico ha tenido muchos usos a lo largo de la historia, desde el sencillo de mitigar con su empleo los calores personales, a otros ceremoniales tanto profanos y eclesiásticos y hasta los más prácticos de espantar insectos, proteger del sol o atizar las brasas del hogar. Cuando hicieron su aparición los primeros abanicos plegables, éstos se introdujeron en Europa a través de España y desde allí hasta nosotros en la América Hispana, posiblemente desde el mismísimo siglo XVI en las más altas esferas sociales de la época colonial.


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En España el abanico fue acogido rápidamente, sobre todo en Andalucía debido al clima de la zona. Era considerado raro y caro, y en principio fue usado por damas de la alta sociedad, como signo de ostentación y demostración de la categoría social, y con el paso del tiempo se popularizó y llegó a tener hasta un lenguaje de seducción.


Cuando las damas del siglo XIX y principios del XX iban a los bailes, Iglesias o procesiones, eran acompañadas por su madre o por una señorita de compañía, con el fin de que éstas velasen por su comportamiento, a esto se le conoció como “Ir de Carabina”.

Las señoritas de compañía eran muy celosas en el desempeño de la labor que se les encomendaba por lo que las jóvenes tuvieron que inventarse un medio para poder comunicarse con sus pretendientes y pasar desapercibidas.



Este lenguaje consistía en la posición con la que colocaban el abanico, o el modo en cómo se le agarraba, para así transmitir un tipo de mensaje u otro.

Las más jovencitas solían recurrir a este “lenguaje” con frecuencia para comunicarse con sus pretendientes, quienes también debieron aprenderse ese complicado sistema de señas para así en los bailes y lugares públicos sin que lo notaran sus madres u otros acompañantes celosos de su correcto comportamiento, pudieran entablar comunicación con los pretendientes o enamorados mozalbetes

Grandes pintores como Goya, Velázquez, Sorolla o Zuloaga, entre otros muchos, han plasmado en sus cuadros la conexión que existió entre una mujer y su abanico.



En el cuadro de Tito Salas “El matrimonio del Libertador” podemos notar a la derecha y detrás de los niños a una dama luciendo su abanico.

Considerando que aquella boda se realizó en 1802 en Madrid, habría que dar por hecho que también el mantuanaje caraqueño ya tenía al abanico como prenda fundamental del vestuario femenino …y aunque Tito Salas pinto este cuadro en 1921, la asesoría y el conocimiento de aquellas costumbres están reflejadas en el mismo cuadro y seguramente producto de sus propias experiencias vividas en el hogar, dándole relevante importancia al abanico en la composición.

Pero en estos tiempos que vivimos, ha sido gracias al flamenco lo que ha evitado su desaparición definitiva para que su último destino no fuera el relegarlo a no ser más que una pieza de museo, Sabemos que el flamenco es música y baile que transmiten un sinfín de emociones en un lenguaje propio, el abanico flamenco es un instrumento imprescindible para comunicar toda esa energía.


El Flamenco es tan poderoso en todas sus expresiones, desde los guitarristas, su cante y obviamente su baile, que bien lo expreso un escritor inglés llamado Joseph Addison cuando asevero que: “Los hombres tienen las espadas, las mujeres el abanico, y el abanico es, probablemente, un arma igual de eficaz”.





Gracias al uso que hacen del abanico, las bailaoras logran dar gran gracia y estilo al flamenco. Es por eso por lo que su uso es muy común entre ellas. ¿Pero por qué este elemento coló un lugar en el flamenco? La respuesta tal vez sea ese lenguaje particular que se desarrolló por su uso y que hemos mencionado, y con el cual cerraremos este artículo.


Ya nadie o casi nadie hace uso cotidiano del abanico porque las nuevas tecnologías hasta ventiladores de mano que funcionan con pilas lo han sustituido, sin embargo buena parte de esa supervivencia, al menos en nuestras tierras americanas, en Venezuela y aquí en Houston, se lo debemos a las academias de Baile Flamenco como Danmar por ejemplo, que está considerada por muchos conocedores como de las de primera línea en el país…a esas academias debemos que en pleno siglo XXI, miles de hogares tengan abanicos dentro de sus pertenencias más preciadas.





Pero volvamos al “Lenguaje del abanico” romántico, seductor, hermoso…

Este objeto se convirtió en un auténtico parapeto de todo un repertorio que iba desde las sonrisas ingenuas, hasta auténticas declaraciones de enamorados . Existían diferentes lenguajes del abanico, pero todos ellos utilizaban como regla común la colocación del objeto en cuatro direcciones con cinco posiciones distintas en cada una de las cuatro. Con ese sistema se iban representando las intenciones del abordaje. Había ciertos gestos con significado ya conocido por aquel mundo de ambos sexos que casi como lenguaje entre espías, burlaban así el férreo control que ejercían “Las Carabinas” aquí algunos de aquellos gestos más comunes.

Sostener el abanico con la mano derecha delante del rostro: sígame.



Sostenerlo con la mano izquierda delante del rostro: quiero conocerle. Mantenerlo en la oreja izquierda: quiero que me dejes en paz. Dejarlo deslizar sobre la frente: has cambiado. Moverlo con la mano izquierda: nos observan. Cambiarlo a la mano derecha: eres un osado. Arrojarlo con la mano: te odio. Moverlo con la mano derecha: quiero a otro. Dejarlo deslizar sobre la mejilla: te quiero.



Presentarlo cerrado: ¿me quieres? Dejarlo deslizar sobre los ojos: vete, por favor. Tocar con el dedo el borde: quiero hablar contigo. Apoyarlo sobre la mejilla derecha: sí. Apoyarlo sobre la mejilla izquierda: no. Abrirlo y cerrarlo: eres cruel.



Dejarlo colgando: seguiremos siendo amigos. Abanicarse despacio: estoy casada. Abanicarse deprisa: estoy prometida. Apoyar el abanico en los labios: bésame. Abrirlo despacio: espérame. Abrirlo con la mano izquierda: ven y habla conmigo. Golperlo, cerrado, sobre la mano izquierda: escríbeme.

Semicerrarlo en la derecha y sobre la izquierda: no puedo. Abierto, tapando la boca: estoy sola


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